por Macarena Rocío Perez
Generalmente, el individuo en soledad es el ser más bueno, virtuoso, sensible, honesto, justo, compasivo, comprensivo, bello, ubicado, altruista, poderoso, capaz, y claro, el más tolerante que existe sobre la faz de la tierra. Nuestra conformidad con nosotros mismos nos lleva a un grado de elevación tal que hasta nos creemos capaces de dominar hasta al último animal vivo que repte sobre la superficie terrestre. De ahí arriba, cuando estamos solos, no nos baja nadie… Ah! Nada mejor que la autocomplacencia… Paréntesis, ¡Qué lindas tengo las uñas hoy!
Sin embargo esta realidad se ve modificada cuando se nos toma con unas pinzas por la cabeza, (cual jueguito de los peluches, muy ‘90s) y se lo coloca al individuo en sociedad. Sociedad… nunca dejó de asustarme esa palabra. Es ahí, en ese momento, en que se pone a prueba cuan genuinas son esas cualidades del ser o, mejor dicho, esas construcciones imaginarias y caprichosas productos del narcisismo individual que solo existen en nuestras mentes.
Cuando la pinza nos suelta en ‘el tenebroso nicho de depredadores salvajes’ se nos enfrenta con otro individuo que hasta hace instantes, también era el ser más bueno, virtuoso, sensible, honesto, justo, compasivo, comprensivo, bello, ubicado, altruista, poderoso, capaz, y claro, el más tolerante que existe sobre la faz de la tierra. En este encuentro, que se produce por una cuota de casualidad y otra de causalidad, se genera el primer contacto: El visual. Este contacto comienza a basarse en “El Prejuicio” condicionado por una serie de factores socio-económicos y culturales que nos atraviesa tanto a nosotros como al que tenemos en frente. Nada más tenebroso que enfrentarse a la mirada ajena. Esta suele estar caracterizada por una subida de cejas y un inmediato pestañear, un levantamiento de cabeza exhibiendo nuestro mentón a quien está enfrente descubriéndose así una mueca con la boca que implica contraerla y dirigirla hacia un costado mientras la mirada insinúa disgusto e indiferencia.
Después de ese seguimiento de pasos ineludibles, el individuo se voltea y finge no haber visto nada… Pero todos sabemos muy bien, que basta tan solo una instantánea mirada como para descubrir hasta dónde es que nació la tía abuela del desconocido de enfrente y hasta cuanto ácido láctico le corre por los huesos. Y además sabemos muy bien que todos fuimos entrenados para saber si nos miran o no (Gracias a la querida Era de la Imagen by Fotolog & Facebook) y que somos una especie perceptiva… Aún no entiendo esa necesidad de intentar disimular, cuando el cruce de miradas ya se efectuó. Una de las teorías que me ratifica que todos, la gente en general, es parcial o totalmente imbécil.
Retomando el tema anterior, por algún extraño motivo, esta prueba ha sido sobrepasada por unos pocos (Por no decir que la cantidad es nula) Ahora, ¿Por qué motivo se produce esto? Podemos encontrar varias raíces en el problema. Ambos individuos chocan con la realidad. Su sueño de que son las mejores personas del mundo quedó atrás en un pasado inerte que los consumió en algún momento y que ya dejó de ser. Al enfrentarse con otros ven que no están solos en la tierra y que quizás su deseo de conquistar el mundo se vería frustrado.
Ante el individuo que se le antepone, y una vez que ya el prejuicio se ha elaborado, urge una nueva etapa: La comparación. En esta etapa se pone a prueba si quien tenemos en frente puede alcanzar nuestra magnificencia. Vemos entonces, que quien tenemos en frente tiene piernas más tonificadas, nariz más recta, y mejor auto. A este pensamiento le sucede otro que dice que esa persona JAMÁS va a tener el grado de intelecto que tiene uno, y que seguramente su vida puede estar llena de cosas materiales pero que no es feliz. No tiene a nadie quien lo ame… Bueno uno tampoco pero es feliz igual porque está más cerca que el de enfrente de encontrar a alguien que lo haga. Y en ese entonces, sale del auto un espécimen similar a Brad Pitt que toma por la cintura al individuo de enfrente y ahí es donde nuestro instinto asesino empieza y dónde nuestras miserias salen a la luz. Es en ese instante en que dejamos de ser buenos, virtuosos, sensibles, honestos, justos, compasivos, comprensivos, bellos, ubicados, altruistas, poderosos, capaces, y claro, los más tolerantes para pasar a ser: un salvaje más de la especie.
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